
Cuando regresé a Barcelona en septiembre, mi débil Packard Bell ya había dado signos de enfermedad. Para serles sinceras, su excesiva sensibilidad hizo que compartiéramos buenos momentos, pero jamás nos pudimos llevar del todo bien. Si le daba muchas órdenes, se colgaba. Si grababa muchos discos, la lectora se rayaba. En fin, que no estaba hecha para mí y eso se notaba desde hace mucho. Lo que no podía preveer es que la maldita decidiese hacer kaput de un momento a otro, dejando toda nuestra historia juntas en un lugar inaccesible de su inerte disco duro. Un USB que hoy también ha pasado a mejor vida me salvó del coma nervioso al constatar que tenía toda mi información importante en él. Aún así, me había quedado sin portátil y por lo tanto sin una importante extensión de mi ser. Pasé días y semanas de angustiosa búsqueda. No dormía, cada tarde recorría todas las tiendas de informática observando presupuestos, pidiendo detalles, anhelando un teclado configuraod a la medida de mis antojos.
Hasta que llegó Macbook. Me pasé una semana entera tonteando con todas sus funciones. Grabé videos, tomé fotos, pedí mi Leopard. Mi manzana es blanca, silenciosa y tiene la capacidad de enseñarme a verlo todo de manera más práctica e intutitiva. Mi manzana juguetea con Camino, aunque sigue fiel a Safari. Trabaja en writer y tablas open source, quiere aprender Linux y me deja trabajar en 4 o más entornos distintos a la vez. Nunca se cuelga, sus pantallas de agradan y se achican y puedo controlarla con un mando distancia.
Macbook no tiene virus, no se cansa y tiene una cámara incorporada con efecto y editores con sonido tan divertidos que no imagino trabajar de forma menos lúdica. Porque es mejor jugar mientras se trabaja, yo tengo el corazón de manzana.